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viernes, 1 de septiembre de 2017

PRIMER MINISTRO DE INDIA DE QUE LADO ESTA?




¿Ha cambiado de bando la India de Narendra Modi?
por F. William Engdahl

Durante los últimos meses, la India ha cambiado bruscamente de actitud sobre varios temas, como si el primer ministro Narendra Modi tratara de sabotear su acercamiento a China y Pakistán y estuviese creando conflictos artificiales. William Engdhal estima que ese repentino cambio de postura está inspirado por Washington y Tel Aviv.
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Es muy preocupante ver una nación como la India, uno de los países con más potencial del mundo, autodestruirse sistemáticamente. Provocar una nueva guerra con China por unas cuantas parcelas de tierra en las lejanas alturas del Himalaya, donde las fronteras de la región autónoma china del Tíbet convergen con las de la India y con el reino de Bután, es sólo el más reciente ejemplo de ello. La pregunta que se plantea a partir de ahí es saber quién o qué gran objetivo se esconde tras esas políticas internas y externas de la India de Narendra Modi. ¿Será que Modi ha cambiado de bando? Y, de ser así, ¿para alinearse bajo qué bandera?
¿Armonía euroasiática?

Sólo un año antes, todo parecía, sino tranquilo, al menos en vías de una evolución pacífica con los vecinos asiáticos de Modi, incluso en relación con China y, aunque con cierta reserva, en cuanto a Pakistán.

El año pasado, en efecto, la India fue oficialmente aceptada, al mismo tiempo que Pakistán, como miembro de la cada vez más importante Organización de Cooperación de Shanghai (OCS), en la que China es miembro fundador, junto a Rusia. Ese hecho fortaleció las esperanzas de que el formato común de la OCS permitiera una solución pacífica de las vivas tensiones fronterizas creadas en 1947 por la división británica de la India en un Pakistán mayoritariamente musulmán y una India fundamentalmente hindú, división que dejó numerosas áreas de fricción, incluyendo Cachemira, que el vizconde Mountbatten mantuvo astutamente como futuros posibles puntos de explosión.

La India y China son miembros del BRICS (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica), grupo de países que acaba de crear en Shanghai un nuevo banco de desarrollo, cuyo presidente es indio. La India es también miembro del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, con sede en China. Y, hasta el momento en que el primer ministro Narendra Modi anunció la negativa de la India a participar en la conferencia China One Belt, One Road (sobre la Ruta de la Seda), realizada el 14 de mayo en Pekín, ese país estuvo participando en el vasto proyecto euroasiático de infraestructura.
El boicot indio contra la Ruta de la Seda y el «Corredor de la Libertad» de Japón

Pero las cosas cambiaron muy rápidamente. Modi anunció su negativa a participar en la conferencia sobre la Ruta de la Seda esgrimiendo como motivo las inversiones chinas en el Corredor Económico China-Pakistán (China-Pakistan Economic Corridor, CPEC): una acción de desarrollo de infraestructura portuaria, ferroviaria y de autopistas entre China y Pakistán, cifrada en 62 000 millones de dólares, que, como parte de la Ruta de la Seda, atraviesa la parte de Cachemira que Pakistán ocupa.

Posteriormente, con sorprendente precipitación, la India reveló un estudio para la creación de un nuevo «Corredor de crecimiento Asia-África» (Asia-Africa Growth Corridor, AAGC) en una reunión del Banco Africano de Desarrollo realizada en el Estado indio de Guyarat, en el marco de un proyecto conjunto presentado con el primer ministro de Japón, Shinzo Abe. Este AAGC indo-japonés es parte de lo que se ha dado en llamar el «Corredor Indo-Pacífico de la Libertad» (Indo-Pacific Freedom Corridor, IPFC), que la India y Japón están abriendo para contrarrestar la Ruta de la Seda, con dinero japonés y aprovechando la presencia india ya establecida en África [1].

Bajo el primer ministro Abe, Japón se ha implicado en una agenda anti-china cada vez más agresiva que incluye la disputa alrededor de las islas Diaoyutai –las que Japón denomina «islas Senkaku»–, en el este del Mar de China. Japón optó además por la instalación de sistemas estadounidenses de defensa misilística y es considerado, bajo la administración de Abe, como el más fuerte aliado militar de Estados Unidos en Asia. Cuando Abe se reunió con Trump en febrero, el presidente de Estados Unidos reafirmó los términos del tratado de defensa mutua entre ambos países y dejó claro que ese acuerdo incluye las islas en disputa, a pesar de tratarse de pequeños territorios estériles.
Modi en Washington y Tel Aviv

Semanas después, el 27 de junio, el primer ministro de la India se reunió en Washington con el presidente de Estados Unidos. El día anterior, el Departamento de Estado había convenientemente incluido a Mohammad Yusuf Shah y su grupo islamista separatista de Cachemira Hizb-ul-Muyahidines –con base en Pakistán– en la lista oficial de «terroristas mundiales especialmente designados» (Specially Designated Global Terrorist, SDGT). Esa decisión abre la puerta, entre otras cosas, a la adopción de sanciones estadounidenses contra Pakistán [2].

Como resultado de las conversaciones entre Modi y Trump, Estados Unidos aprobó la venta –por más de 3 000 millones de dólares– de 22 drones Guardian, considerados como un elemento que puede modificar la situación a favor de la India. Entre otros factores a tener en cuenta se cuentan la creciente cooperación militar y el hecho que la India aceptó comprar gas licuado estadounidense. Modi parecía tan satisfecho de estas conversaciones en Washington que incluso invitó a la hija del presidente de Estados Unidos, Ivanka Trump, a presidir la delegación de ese país a la Cumbre Global del Empresariado (Global Entrepreneurship Summit, GES), prevista para este año en la India [3].

Ya con la aureola de su claro éxito político en Washington, el primer ministro indio voló a Israel, el 7 de julio, para tener allí una reunión sin precedente entre un jefe de gobierno indio y su homólogo israelí. Los medios indios saludaron las conversaciones entre Narendra Modi y Benyamin Netanyahu como una importante evolución en la política exterior de la India.

Es en este punto que las cosas se tornan seriamente interesantes. Ha existido una colaboración secreta que incluye los buenos oficios del servicio de inteligencia de Israel, el Mossad, a favor de la agencia de inteligencia de la India, la Research and Analysis Wing (R&AW). En 2008, el embajador de Israel en la India, Mark Sofer, reveló por ejemplo que durante la guerra de Kargil, en 1999, la inteligencia israelí entregó al ejército indio imágenes satelitales vitales para Pakistán, que permitieron a la India bombardear con precisión las posiciones de las tropas pakistaníes que ocupaban varios puntos en el Estado indio de Jammu y Cachemira [4].

El extraño papel de Ajit Doval

La visita de Modi a Tel Aviv, en julio de 2017, estaba en preparación desde hacía meses. Ya en febrero Modi había enviado su consejero de seguridad nacional, Ajit Doval, a Tel Aviv para discutir detalles de ese viaje. Doval se reunió entonces con Yosef Cohen, actual jefe del Mossad, para hablar, entre otras cosas, de las alegaciones sobre un respaldo de China y Pakistán, así como de otros Estados, a los talibanes en Afganistán, cerca de la frontera afgano-pakistaní.

Doval no es un sentimental. Es el autor de la doctrina que lleva su nombre, que ha dado lugar a un reciente movimiento de la política india de seguridad en relación con Pakistán de lo que Doval llama «defensiva» a «defensiva ofensiva». Doval está al parecer tras los ataques llamados quirúrgicos registrados en Pakistán en septiembre de 2016 y el levantamiento de militantes pro-indios en la Cachemira pakistaní.

Según la descripción que de ella hacía recientemente un blog indio, la «Doctrina Doval», formulada en sus discursos de 2014 y 2015, después de su nominación como consejero de Modi para la seguridad nacional, apunta esencialmente hacia China y Pakistán y se compone de 3 elementos: «Irrelevancia de la moral y del extremismo libre de cálculo o calibración y confianza en lo militar».

Es evidente que Doval no parece interesarse mucho por las soluciones diplomáticas [5].

Sea lo que sea que se haya decidido en privado entre Modi y Washington en el mes de junio, o con Tel Aviv a principios de julio, fue precisamente en ese lapso de tiempo que estalló la llamada disputa de Doklan debido a la decisión india de enviar tropas para utilizar la fuerza contra las construcciones chinas en la zona sensible entre China, Bután y la India, en la meseta tibetana.

Por su parte, China cita una carta que el ex primer ministro indio Jawaharlal Nehru dirigió en 1959 a su homólogo chino Chou En-Lai, en la que se concluye:

    «Esta convención de 1890 define también la frontera entre [el Estado indio de] Sikkim y el Tíbet y la frontera se estableció [físicamente] después, en 1895. No existe entonces ninguna disputa en cuanto a la demarcación que se hizo entre Sikkim y el Tíbet.»

China cita también como referencia una carta del 10 de mayo de 2016, junto a la convención de 1890 y el intercambio epistolar de los años 1959 y 1960, según los cuales:

    «Las dos partes concuerdan en cuanto al alineamiento de la frontera en Sikkim.»

Como factor final, China proclama públicamente que notificó a la India la construcción de la carretera que hoy se está concretando, notificación que demuestra su buena voluntad [6].

A estas alturas, la verdadera cuestión no es tanto si los argumentos chinos son o no válidos a la luz del derecho internacional sino que todo lo que rodea este reciente incidente de Doklam entre China y la India sugiere la presencia de la mano peluda de Washington y de Tel Aviv como cómplices del gobierno de Modi con el fin de utilizar esta confrontación para sabotear los progresos del enorme proyecto chino de desarrollo de la «Ruta de la Seda», tratando de desatar une nueva guerra a través de intermediarios bajo la instigación de Estados Unidos.

La creciente disputa sobre Doklam nunca debió llegar a una escalada militar. Esa fue una decisión deliberada del gobierno de Modi y lleva claramente la huella de Ajit Doval, el consejero de seguridad nacional de Modi y ex jefe de la inteligencia india.

¿Será que Narendra Modi ha cambiado de bando, después de haber sido un verdadero partidario de una solución pacífica de los litigios fronterizos entre la India y Pakistán, y también entre la India y China, en un espíritu de buena voluntad y de colaboración en el seno de la OCS? ¿O estaba actuando como un Jano [el mitológico dios de las dos caras], en función de sus alianzas, desde el inicio de su mandato como primer ministro, en 2014, como caballo de Troya de Gran Bretaña, Estados Unidos e Israel para sabotear la promoción por parte de China de la nueva Ruta de la Seda euroasiática?

Aún es desconocida la respuesta, al menos para este autor. Pero una fuente india bien informada y estrechamente vinculada a las fuerzas militares indias me hizo saber en una reciente correspondencia que poco después de la elección de Trump, en noviembre de 2016, un consejero de inteligencia del círculo de Trump declaró sin cortapisas que no habría guerra entre Estados Unidos y China sino más bien una guerra entre la India y China en la región del Himalaya. Eso fue en noviembre, cuando la calma reinaba en Doklam.
F. William Engdahl
[1] “In Welcoming Shinzo Abe, Trump Affirms U.S. Commitment to Defending Japan”, Julie Hirschfeld y Peter Baker, The New York Times, 10 de febrero de 2017.

[2] “Sanctioning Syed Salahuddin: Too Little, Too Late”, Sudha Ramachandran, Terrorism Monitor Volume 15, Issue 15, Jamestown Foundation, 28 de julio de 2017.

[3] “Top 10 takeaways from Modi’s U.S. visit”, The Hindu, 27 de junio de 2017.

[4] Deadly Impasse: Kashmir and Inda-Pakistani Relations at the Dawn of a New Century, Sumit Ganguly, Cambridge University Press, 2016.

[5] “What is the Doval doctrine?”, Ankith Bp, Quora, 19 de septiembre de 2016.

[6] “New Aftergrowth in India, China Doklam Dispute”, Sputnik, 3 de agosto de 2017.
Fuente: red voltaire

lunes, 7 de agosto de 2017

CONGRESO ESTADOUNIDENSE IMPONIENDOSE A TRUMP




El establishment estadounidense contra el mundo

por Thierry Meyssan

La clase dirigente estadounidense se siente amenazada por los cambios internacionales que el presidente Donald Trump está impulsando. Y ahora acaba de establecer una alianza para someterlo al tutelaje del Congreso de Estados Unidos. Mediante una ley que el Congreso acaba de adoptar de manera casi unánime, la clase dirigente estadounidense impone sanciones contra Corea del Norte, Irán y Rusia y torpedea las inversiones de la Unión Europea y China. Su objetivo es detener la política de cooperación y desarrollo del presidente Trump y volver a la doctrina Wolfowitz, una doctrina de confrontación y supremacía de Estados Unidos.
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Es un escándalo sin precedentes. El jefe del personal de la Casa Blanca, Reince Priebus, era parte del complot destinado a desestabilizar al presidente Trump y preparar su destitución. Priebus estaba alimentando las filtraciones cotidianas que han venido perturbando la vida política estadounidense, principalmente las vinculadas a la supuesta colusión entre el equipo de Donald Trump y el Kremlin [1]. Al despedirlo, el presidente Trump entró en conflicto con el establishment del Partido Republicano, partido que el propio Priebus presidió en su momento.

Dicho sea de paso, todas esas “filtraciones” sobre las agendas y contactos de diferentes personas no han aportado absolutamente ninguna prueba sobre las acusaciones contra Trump y su equipo de campaña.

La reorganización del equipo de Trump, después del despido de Priebus, ha sido en detrimento de las personalidades republicanas y a favor de los militares que se oponen al tutelaje del Estado Profundo. De hecho, ha dejado de existir la alianza con Donald Trump que el Partido Republicano había tenido que aceptar, de mala gana, el 21 de junio de 2016, durante la convención de investidura del hoy presidente de Estados Unidos.

Así que nos encontramos nuevamente ante la ecuación inicial: de un lado, el presidente de la «América Profunda»; del otro, toda la clase dirigente de Washington respaldada por el Estado Profundo –o sea, la parte de la administración a cargo de mantener la continuidad del Estado más allá de la alternancia entre los grupos políticos.

Es evidente que esa coalición cuenta con el respaldo del Reino Unido y de Israel.

Y sucedió lo que tenía que suceder: los líderes demócratas y republicanos se han puesto de acuerdo para contrarrestar la política exterior del presidente Donald Trump y mantener sus prerrogativas imperiales.

Con ese objetivo acaban de adoptar en el Congreso una ley de 70 páginas que impone oficialmente sanciones contra Corea del Norte, contra Irán y contra Rusia [2]. De manera unilateral, ese texto impone además a todos los demás Estados del mundo la obligación de respetar las sanciones comerciales estadounidenses. Por consiguiente, esas sanciones se aplican de hecho tanto a la Unión Europea como a China, al igual que a los Estados oficialmente designados como blancos de esas medidas punitivas.

Sólo 5 parlamentarios se separaron de esa coalición y votaron en contra de esta ley: los representantes Justin Amash, Tom Massie y Jimmy Duncan y los senadores Rand Paul y Bernie Sanders.

Varias disposiciones de esa ley prohíben más o menos al poder ejecutivo estadounidense –o sea, a la Casa Blanca y las diferentes dependencias federales– aligerar en alguna forma las sanciones comerciales que el Congreso impone. Donald Trump se ve así teóricamente atado de pies y manos.

Por supuesto, siempre le queda al presidente Trump la posibilidad de oponer su veto a la ley aprobada por los parlamentarios. Pero, según la Constitución estadounidense, el Congreso sólo tendría que volver a votar el texto en los mismos términos para hacer prevalecer su voluntad ante el veto del presidente. Así que este último se limitará a firmar la ley para ahorrarse el peligro de sufrir una derrota ante los parlamentarios.

El hecho es que estamos a punto de ser testigos, en los próximos días, de una guerra inédita. Los partidos políticos estadounidenses tienen intenciones de echar abajo la «doctrina Trump», según la cual es mediante su propio desarrollo económico que Estados Unidos debe mantener su liderazgo mundial. Y pretenden, por el contrario, volver a la «doctrina Wolfowitz» de 1992, la cual estipula que, para mantener su posición de predominio mundial, Washington debe obstaculizar el desarrollo de todo posible competidor [3].

Paul Wolfowitz es un trotskista que se puso al servicio del presidente republicano George Bush padre en la lucha contra Rusia. Diez años después, bajo la administración del también republicano George Bush hijo, Wolfowitz fue secretario adjunto de Defensa y posteriormente presidente del Banco Mundial. Pero en la elección presidencial del año pasado, Wolfowitz aportó su respaldo a la candidata demócrata Hillary Clinton. En 1992, Wolfowitz escribía que para Estados Unidos el competidor más peligroso era… la Unión Europea y que Washington tendría que destruirla políticamente, e incluso en el plano económico.

La ley que los parlamentarios estadounidenses acaban de adoptar pone en peligro todo lo que Donald Trump había logrado durante los últimos 6 meses, específicamente en la lucha contra la Hermandad Musulmana y sus organizaciones yihadistas, la preparación de la independencia de la región de Donbass –que acaba de anunciar que pasará a llamarse Malorossiya (Pequeña Rusia)– y el restablecimiento de la Ruta de la Seda.

Como primera medida de respuesta, Rusia ya hizo saber a Washington que tendrá que reducir el número de funcionarios de su embajada en Moscú al número de funcionarios que cuenta la embajada rusa en la capital federal estadounidense, o sea 455 personas, expulsando así a 755 diplomáticos estadounidenses. Eso quiere decir que la embajada estadounidense en Rusia contaba 1 210 funcionarios. Moscú hace notar así que si ha existido algún tipo de interferencia rusa en la política estadounidense, no se trata ciertamente de nada comparable con la envergadura de la injerencia de Estados Unidos en la vida política rusa.

Por cierto, el 27 de febrero pasado, el ministro ruso de Defensa, Serguei Choigu, anunció al parlamento de la Federación Rusa que sus fuerzas armadas cuentan ahora con la capacidad de organizar –ellas también– «revoluciones de colores», algo que Estados Unidos viene haciendo desde hace 28 años.

Mientras tanto, los europeos ven con estupor como sus amigos en Washington –Barack Obama, Hillary Clinton, John McCain– acaban de bloquear toda esperanza de crecimiento en los países de la Unión Europea. Sin embargo, a pesar de esta cruel sorpresa, los europeos siguen sin entender que el supuestamente «imprevisible» Donald Trump en realidad es su mejor aliado. Totalmente aturdidos por ese voto del Congreso estadounidense, que los sorprende en plenas vacaciones de verano, los europeos no hallan nada mejor que ponerse «en posición de espera».

A falta de una reacción inmediata podrán verse arruinadas las empresas que invirtieron en la solución de la comisión europea encargada de garantizar el abastecimiento energético de la Unión. Wintershall, E.ON Ruhrgas, N. V. Nederlandse Gasunie y Engie (la antigua GDF Suez) están implicadas en la construcción de la nueva tubería paralela a la tubería ya existente del gasoducto Nord Stream, trabajo ahora prohibido por el Congreso de Estados Unidos. Con ello pierden esas empresas no sólo la posibilidad de presentarse como aspirantes en procesos de licitaciones en Estados Unidos sino también todos sus fondos depositados en suelo estadounidense. Se les bloquea además de inmediato todo acceso a los bancos internacionales y no podrán continuar sus actividades fuera de la Unión Europea.

El gobierno alemán ha sido, por el momento, el único en expresar su descontento. No se sabe si logrará convencer a los demás gobiernos europeos y obtener que la Unión Europea se rebele al fin contra su amo estadounidense. Nunca antes se había visto una crisis similar y por tanto no existen puntos de referencia que permitan anticipar el curso de los acontecimientos. Es probable que varios Estados miembros de la UE defiendan, aún en contra de sus socios europeos, los intereses de Estados Unidos, o más bien la versión de esos intereses que presenta el Congreso estadounidense.

Como cualquier otro país, Estados Unidos tiene derecho a prohibir a sus empresas que mantengan relaciones comerciales con tal o más cual Estado extranjero, así como a prohibir los intercambios con empresas de otras nacionalidades.

Pero, según la Carta de las Naciones Unidas, ningún Estado puede imponer a otro sus propias decisiones en materia de comercio. Y eso es lo que hizo Estados Unidos con su política de sanciones contra Cuba [4].

En aquel momento, por iniciativa de Fidel Castro –que no era comunista–, el Gobierno Revolucionario de Cuba inició una Reforma Agraria que no fue del agrado de Washington [5]. Los países miembros de la OTAN, cuya última preocupación era la suerte de aquella islita del Caribe, se plegaron a aquellas sanciones. Poco a poco, el soberbio Occidente pasó a ver como algo normal el tratar de rendir por hambre a los Estados que se resistían al poderoso amo estadounidense. Hoy vemos, por primera vez, como la propia Unión Europea se ve directamente afectada por una forma de dominación que ella misma ayudó a instaurar.

Más que nunca, el conflicto entre Trump y el establishment estadounidense adopta una forma cultural. En ese conflicto se enfrentan los descendientes de los inmigrantes que llegaron a Estados Unidos en busca del «American Dream» [6] y los descendientes de los puritanos que llegaron a América a bordo del Mayflower [7].

Eso explica, por ejemplo, las críticas de la prensa internacional sobre el lenguaje, ciertamente vulgar, del nuevo jefe de prensa de la Casa Blanca, Anthony Scaramucci. Hasta ahora, Hollywood había reflejado sin problemas los modales poco convencionales de los hombres de negocios neoyorquinos. Pero ese lenguaje soez es presentado ahora como algo incompatible con el ejercicio del poder. El ex presidente Richard Nixon solía expresarse así y fue una de las cosas que se le reprochó cuando el FBI organizó el escándalo del Watergate para obligarlo a dimitir. Sin embargo todos reconocen que Nixon fue un gran presidente –puso fin a la guerra de Vietnam y reequilibró las relaciones internacionales al establecer vínculos diplomáticos con la República Popular China, frente a la URSS. Resulta sorprendente ver a la prensa europea repetir hoy el argumento puritano, religioso, contra el vocabulario de Scaramucci para juzgar la competencia del equipo de Trump en materia de política, como también sorprende que el propio Trump lo haya despedido a pesar de que acababa de nombrarlo.

El futuro del mundo puede estar en juego tras lo que hoy parece una simple lucha de clanes. Es posible que esté en juego la posibilidad de que ese futuro esté hecho de enfrentamiento y dominación o de que sea un futuro de cooperación y desarrollo.
Thierry Meyssan

[1] “State Secrets: How an Avalanche of Media Leaks is Harming National Security”, Senate Homeland Security and Governmental Affairs Committee, 6 de julio de 2017.

[2] H.R.3364 - Countering America’s Adversaries Through Sanctions Act

[3] «US Strategy Plan Calls For Insuring No Rivals Develop», Patrick E. Tyler, The New York Times, 8 de marzo de 1992. En la página 14 de esa misma edición del New York Times también aparecen largos fragmentos del informe secreto de Wolfowitz: «Excerpts from Pentagon’s Plan: "Prevent the Re-Emergence of a New Rival"». Información adicional al respecto aparece en «Keeping the US First, Pentagon Would preclude a Rival Superpower», Barton Gellman, The Washington Post, 11 de marzo de 1992.

[4] El autor se refiere aquí a lo que los medios de prensa occidentales llaman eufemísticamente el «embargo» económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba, algo que los cubanos llaman simple y llanamente «el bloqueo», debido a su evidente similitud con un asedio de tipo militar. Nota de la Red Voltaire.

[5] «El robo más largo de la historia cometido por un país contra otro», por Jorge Wejebe Cobo, Agencia Cubana de Noticias, Red Voltaire, 19 de julio de 2017.

[6] El llamado “sueño americano”. Nota de la Red Voltaire.

[7] «Estados Unidos, ¿se reforma o se desgarra?», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 26 de octubre de 2016.

Fuente: red voltaire

miércoles, 7 de junio de 2017

REUNIÓN BIDELBERG 2017



Enfrentamiento en Bilderberg 2017
Cuando el presidente Trump parece haber resuelto, más o menos, sus problemas de autoridad interna, el conflicto se desplaza al seno de la OTAN. Washington quiere que se abandone la manipulación del terrorismo pero Londres no tiene intenciones de renunciar al instrumento que tan eficaz le ha resultado para imponer su influencia. Inicialmente organizado como caja de resonancia de la alianza atlántica, el Grupo de Bilderberg acaba de ser escenario de un enconado debate entre partidarios y adversarios del uso imperialista del terrorismo islamista en el Medio Oriente.
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No existen fotos de la reunión del Grupo de Bilderberg, cuyos trabajos tienen carácter confidencial. La policía del Estado de Virginia y el FBI no estuvieron vinculados a la protección del encuentro, que estuvo en manos de una milicia armada privada y de la OTAN.

El Grupo de Bilderberg fue creado en 1954, por la CIA y el MI6, para respaldar a la OTAN. ¿Objetivo? Crear un marco para el encuentro de personalidades del mundo económico y del mundo mediático con responsables políticos y militares para alertar a la sociedad civil sobre la gravedad del «peligro rojo». Lejos de ser un foro de toma de decisiones, este restringido club ha sido históricamente un lugar de encuentro donde los “veteranos” tenían que rivalizar en fidelidad a Londres y a Washington y los “jóvenes” estaban llamados a demostrar que se podía confiar en ellos para enfrentar a los soviéticos [1].

Fue en la reunión de 1979 donde Bernard Lewis reveló a los participantes del Grupo de Bilderberg el papel de la Hermandad Musulmana en la lucha contra el gobierno comunista afgano. Este islamólogo anglo-israelo-estadounidense propuso en aquel encuentro extender la «guerra por la Libertad» (sic) a toda el Asia central.

Fue en la reunión de 2008 del Grupo de Bilderberg –o sea, 2 años antes de que comenzaran los desórdenes– que la señora Basma Kodmani (futura portavoz de la oposición siria) y el alemán Volker Perthes (futuro consejero del estadounidense Jeffrey Feltman en la elaboración del documento para la capitulación total e incondicional de Siria [2]) explicaron por qué resultaba de interés respaldar a la Hermandad Musulmana para dominar el Medio Oriente. El dúo Kodmani/Perthes subrayaba entonces ante el Grupo de Bilderberg la «moderación» de la Hermandad Musulmana ante Occidente, en contraste con el soberanismo «extremista» de Irán y Siria [3].

Fue también ante el Grupo de Bilderberg, en la reunión de 2013, que el jefe de la asociación de los patrones alemanes, Ulrich Grillo, se pronunció por la organización de la migración masiva de 800 000 trabajadores sirios hacia las fábricas alemanas [4].
Bilderberg 2017

Ahora, el Grupo de Bilderberg acaba de realizar su reunión de 2017, del 1º al 4 de junio y en Estados Unidos. Lo excepcional de este encuentro es que, de los 130 participantes, no todos defendieron el mismo proyecto. En realidad pasó todo lo contrario a lo habitual: ante las intervenciones de Donald Trump en la cumbre arabo-islamo-estadounidense y en la cumbre de la OTAN [5], la CIA y el MI6 organizaron el primer día un debate entre partidarios y adversarios de la lucha contra el islamismo. Por supuesto, se trataba de obtener un compromiso entre ambos bandos o definir claramente las disensiones existentes y no permitir que estas destruyan el objetivo inicial de la alianza atlántica, que es la lucha contra Rusia [6].

Del lado del anti-islamismo (que no apunta contra la religión musulmana sino contra el islam político al estilo de Sayyid Qutb), estaban el general H. R. McMaster (consejero de seguridad nacional del presidente Trump) y la experta Nadia Schadlow. El general McMaster es un reconocido estratega cuyas teorías se han visto verificadas en el campo de batalla. Nadia Schadlow ha trabajado sobre todo en cómo convertir las victorias militares en éxitos políticos, se ha interesado mucho en la reestructuración de los movimientos políticos en los países derrotados y está a punto de publicar un nuevo libro sobre la lucha contra el radicalismo islámico.

En el bando de los pro-islamistas estuvieron:
*      por Estados Unidos, John Brennan (el último director de la CIA de la administración Obama) y sus ex subordinados Avril Haines y David Cohen (a cargo del financiamiento del terrorismo);

*      por el Reino Unido, Sir John Sawers (ex director del MI6 y protector de larga data de la Hermandad Musulmana) y el general Nicholas Houghton (ex jefe del estado mayor que preparó el plan de invasión terrestre contra Siria);


*      por Francia, el general Benoit Puga (ex jefe del estado mayor particular de los ex presidentes Nicolas Sarkozy y Francois Hollande y comandante de las fuerzas especiales francesas en Siria) y Bruno Tertrais (estratega neoconservador del ministerio francés de Defensa);

*      como representantes de las empresas privadas, los estadounidenses Henry Kravis (director del fondo de inversiones KKR y tesorero oficioso del Emirato Islámico [Daesh]) y el general David Petraeus (ex director de la CIA y cofundador de Daesh).

Como si ese desequilibrio no fuese suficiente, los organizadores incluyeron también en el debate a varios expertos en justificar lo injustificable, como el profesor Niell Fergusson (historiador del colonialismo británico).
Un posible cambio radical en materia de alianzas

Habrá que esperar algún tiempo para saber lo que se dijo en esta reunión y entender las conclusiones a las que han llegado o no los contendientes. Pero lo que sí es ya evidente es que Londres está incitando a un cambio de paradigma en el Medio Oriente. Si bien se abandona el modelo de la «primavera árabe» –o sea, la reproducción de la «revuelta árabe de 1916», organizada por Lawrence de Arabia para sustituir el Imperio Otomano por el Imperio Británico–, el MI6 espera crear una nueva colusión basada en el islam político.

De hecho, mientras que Washington renovó su alianza con Arabia Saudita y convenció ese reino de que tiene que romper con la Hermandad Musulmana a cambio de 110 000 millones de dólares en armamento estadounidense [7], Londres está tratando de montar una alianza entre Irán, Qatar, Turquía y la Hermandad Musulmana. Si el proyecto británico llegara a prosperar veríamos disolverse el conflicto «sunnitas versus chiitas» para asistir a la creación de una «media luna del islam político» Teherán-Doha-Ankara-Idlib-Beirut-Gaza. Esa nueva situación permitiría al Reino Unido conservar su influencia en la región.

El único punto de consenso entre los miembros de la alianza atlántica parece ser la necesidad de abandonar el principio que estipulaba la creación de un Estado yihadista. Todos admiten que hay que volver a meter el demonio dentro de la botella. En otras palabras, están de acuerdo en que hay que acabar con el Emirato Islámico (Daesh)… aunque algunos de sus miembros a al-Qaeda puedan acabar siendo transferidos a al-Qaeda. Eso explica el hecho que –inquieto por su supervivencia personal– el Califa autoproclamado haya hecho llegar secretamente un ultimátum al primer ministro británico y al presidente de Francia.
Cada cual tendrá que definir de qué lado está

En los próximos meses veremos si es real el cambio de Arabia Saudita. De ser verdadero, sería una buena noticia para los sirios… pero resultaría mala para los yemenitas –cuya tragedia seguiría manteniéndose en silencio en el mundo occidental. Con su cambio de actitud, el rey saudita Salman se abre a sí mismo la posibilidad de hacer evolucionar el wahabismo –que actualmente es una secta de fanáticos– para convertirlo en una religión normal. Ya en este mismo instante, el súbito conflicto entre Riad y Doha alrededor de Irán viene acompañado de una polémica sobre el posible parentesco entre el fundador de la secta –Mohammed ben Abdelwahhab– y la dinastía qatarí de los Al-Thani, pretensión que pone locos de rabia a los miembros de la dinastía Saud.

El proyecto del «islam político» consiste en unir a los miembros de la Hermandad Musulmana y los partidarios de Khomeiny. Ese proyecto implica que Irán, e incluso el Hezbollah, adopte esa problemática como reemplazo de la lucha antiimperialista. Si llegara a concretarse, Irán se retiraría de Siria. La Casa Blanca toma muy en serio esa posibilidad y se prepara –con gran temor– para enfrentarla. Para ello, Donald Trump ya designó a Teherán como su nuevo enemigo en su discurso de Riad y acaba de nombrar a Michael D’Andrea (el organizador del asesinato de Imad Mougniyeh, perpetrado en 2008, en Damasco) como responsable de la acción de la CIA relacionada con Irán [8].

Rusia ya se había preparado para una nueva distribución de las cartas en el Medio Oriente. Ha seguido adelante con su ambición de lograr acceso a las «aguas cálidas», mediante su apoyo a Siria, y de poder circular a través de los estrechos de los Dardanelos y del Bósforo (pasos obligados para entrar en el Mediterráneo), acercándose para ello a su adversario hereditario, que es Turquía. Pero a largo plazo, el islam político sólo puede acabar trayéndole problemas en el Cáucaso.

Como siempre sucede cuando los jugadores se reparten nuevamente las cartas, cada uno de ellos tiene que definir su posición. El Reino Unido defiende su Imperio, Francia defiende a su clase dirigente y Estados Unidos defiende a su pueblo. Algunos, en el Medio Oriente, lucharán por su comunidad y otros por sus ideas.

Pero las cosas no siempre son tan simples: Irán podría seguir el ideal del imam Khomeiny confundiendo el fin y los medios. Lo que comenzó siendo una revolución antiimperialista alentada con la fuerza del islam podría convertirse entonces en una simple afirmación del uso de esta religión para lograr objetivos políticos.
Las consecuencias en el resto del mundo

El MI6 y la CIA asumieron un gran riesgo al invitar a la reunión de Bilderberg 2017 al representante de un país que no es miembro de la OTAN. El embajador de China, Cui Tiankai, cuya intervención estaba programada sólo para el cuarto día del seminario, tuvo por tanto tiempo de evaluar, desde el primer día, las posiciones de cada uno de los miembros de la OTAN.

Por un lado, Pekín apuesta por la colaboración de Donald Trump, por la apertura de Estados Unidos al Banco Asiático de Inversión para la Infraestructura (AIIB) y por el desarrollo de todas sus rutas comerciales. Por otro lado, espera que el Brexit se traduzca en una alianza económica y financiera con Londres [9].

El embajador Cui, quien fue director del Centro de Investigación Política del ministerio chino de Relaciones Exteriores, aparentemente podría darse por satisfecho con una simple destrucción de Daesh. Pero él no ignora que quienes orquestaron el nacimiento del Califato para cortar el paso a la «ruta de la seda» en Irak y en Siria y organizaron después la guerra en Ucrania para cortar también la «nueva ruta de la seda» se preparan además para abrir un tercer frente en Filipinas y un cuarto frente en Venezuela, con los que esperan cortar otros proyectos de comunicación.

Desde esa perspectiva, China –que al igual que Rusia tiene el mayor interés en respaldar a Donald Trump, aunque sea para prevenir el terrorismo en su propio suelo– no puede menos que interrogarse sobre las posibles consecuencias a largo plazo de una hegemonía británica en la «media luna del islam político».
Thierry Meyssan

[1] «Lo que usted no sabe sobre el Grupo de Bilderberg», Thierry Meyssan, Komsomolskaya Pravda/Red Voltaire, 15 de abril de 2011.

[2] «Alemania y la ONU contra Siria», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria) , Red Voltaire, 28 de enero de 2016.

[3] Sous nos yeux. Du 11-Septembre à Donald Trump, Thierry Meyssan, Editions Demi-lune, 2017. Una edición en español de este libro debe aparecer en las librerías próximante.

[4] «Cómo la Unión Europea manipula a los refugiados sirios», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 2 de mayo de 2016.

[5] «Trump adelanta sus peones», por Thierry Meyssan, Al-Watan (Siria), Red Voltaire, 30 de mayo de 2017.

[6] «Grupo de Bilderberg, reunión de 2017», Red Voltaire, 2 de junio de 2017.

[7] «Donald Trump contre le jihadisme », par Thierry Meyssan, Al-Watan (Syrie) , Réseau Voltaire, 23 mai 2017.

[8] «La CIA prepara operaciones secretas duras contra Irán», Red Voltaire, 3 de junio de 2017.

[9] «El Brexit redistribuye las cartas de la geopolítica mundial», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 27 de junio de 2016.

Fuente: red voltaire